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La conservación se convierte así en una herramienta del poder colonial: permite controlar a la vez las tierras y las poblaciones. Estas políticas de exclusión se basan en teorías presentadas como científicas. Por ejemplo, la idea de la “capacidad de carga”, según la cual un territorio solo puede sostener un número limitado de personas y ganado. Este modelo tiene hoy un nombre: la conservación de fortaleza. Se trata de proteger la naturaleza expulsando a sus habitantes para crear paisajes considerados “intactos”. Ya en la época colonial, este sistema permitía a los colonizadores pretender que “protegían” determinados espacios, mientras seguían explotando los recursos del continente africano en otros lugares. Y hoy en día sigue sirviendo para blindar ciertos territorios sin cuestionar el sistema industrial responsable de la degradación de los ecosistemas. Proteger en un lado para seguir destruyendo en otro. … y así es como nacen los marcos internacionales para la conservación.En el siglo XX, estas prácticas de conservación se formalizaron progresivamente. En 1933, la Convención de Londres sobre la protección de la fauna y la flora consolida los esfuerzos de conservación ya implantados en las colonias, contribuyendo a estructurar un primer marco internacional vinculante para la protección de la vida silvestre. En particular, refuerza la distinción ya existente entre la caza denominada “deportiva”, practicada por los europeos, y la caza local, a menudo criminalizada. La conservación se convierte en un régimen jurídico internacional. 14 millonesEsta es la cifra estimada ya en el año 2000 de personas que habían sido expulsadas de sus tierras en África en nombre de la conservación. Y África no es un caso aislado: políticas de conservación similares se han aplicado también en otras partes del mundo, especialmente en Asia.
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